Los Q’eros y su herencia cultural
Tras horas montados en el camión por aquella trocha polvorienta, los rostros sacudidos de nuestros estudiantes se mezclaban cada vez más con la tierra de los Andes, la Sierra adornaba su cansancio con el polvo que maquillaba sus sonrisas y sus miradas se fundían con el horizonte mientras el Sol quemaba las ilusiones y los temores que nos invadían ante la cercanía de esta nueva aventura.

Venidos todos desde muy lejos, nuestro rumbo era el mismo, vivir una experiencia enriquecedora; nos dirigíamos primero a compartir un trozito de la vida diaria de una “especie” humana en extinción, la comunidad de los Q’eros. Tras este encuentro tan buscado con las creencias y costumbres mejor conservadas de los descendientes del Tahuantinsuyo, esperábamos alcanzar progresivamente un entendimiento mayor sobre la cosmovisión andina y aquella riqueza inmaterial que se mantiene viva en las ofrendas a la Pachamama, en el uso sagrado de la hoja de coca y en el milenario culto andino a los Apus, los espíritus sagrados que moran en sus montañas.

Quizá de esta manera nuestro andar por el mundo de los Apus llevaría un ritmo distinto, más intenso, quizá cargaríamos “nuevos ojos” a la mochila y una dosis mas de atención. Y así fue a lo largo de la semana en la que atravesamos pasos de altura, lagunas y todos los espectaculares escenarios que rodean al Apu más importante tanto para las actuales comunidades andinas como para los ancestrales Incas, el monte Ausangate. A la sombra de sus abismos estiramos el aliento para asomarnos a sus glaciares y ver los más bellos atardeceres; y esta vez, vi con mayor claridad el reflejo de sus rostros en cada laguna que salpicaba el horizonte, mientras escuchaba con atención como los riachuelos y cascadas se mezclan con el viento, sus cantos y el color de sus danzas.

Vi un mundo andino que sustenta toda su esencia en el desarrollo de una relación reciproca y armónica con el entorno que le rodea, algo tremendamente especial y necesario en un mundo como el contemporáneo, vi que esto se conserva con una identidad y pureza que no abunda en nuestro planeta.
Sentí que esta relación entre medioambiente y persona está en riesgo de extinción o por lo menos, debiera tener este nivel de valoración y protección. Y a la vez, e increíblemente, sentí también como esta conexión se mantiene viva, como late con fuerza en algunas comunidades indígenas de los Andes que han sabido conservar su herencia cultural más allá de 700 años de abuso y desprecio.
Pensé que la sola supervivencia de esta herencia cultural debiera ser motivo del mayor orgullo y alegría para Perú. Ya el Estado ha reconocido a la Nación Q’ero como Patrimonio Cultural de la Nación en el 2008 considerando que esta etnia quechua enriquece el acervo cultural del país gracias a la integridad de una serie de expresiones culturales y cosmovisión propias, rodeadas de prácticas religiosas, tradiciones orales, formas de arte y creaciones culturales que integran lo cósmico y terrenal con lo humano. Esto suena genial! Es un paso adelante en el reconocimiento del valor de la herencia cultural de los ecosistemas de montaña, pero lamentablemente por lo visto allí, en lo profundo de la cordillera pareciera que sirve de poco o nada.

Nuestro grupo llego hasta aquí porque sabemos que culturalmente estamos hablando de una joya de riqueza incalculable, algo único, que no abunda en nuestro mundo, una realidad muy lejana de lo que nos es familiar y global, y todo esto para nosotros significa una verdadera oportunidad de enriquecimiento personal en términos no-materiales. Nos fuimos convencidos de que así es y también de lo vulnerable que es su futuro y el riesgo que corre esta herencia cultural.

Observé muchos intereses en conflicto que generan un ambiente tenso y confuso en la zona, aunque si alguno resalta sobre todo el resto es el generado por una seria amenaza minera en sus tierras, amenaza que esta consentida por el mismo Estado que reconoce que esta etnia enriquece el acervo cultural del país; quizá lo que no ha quedado claro en varios agentes involucrados, incluso en algunos comuneros Q’eros, es que cuando se habla del aprovechamiento minero del entorno natural de la Nación Q’ero se está hablando del aprovechamiento de un entorno que para ellos es sagrado ancestralmente, que esto tendrá un efecto directo en su “entorno cultural”; que sus comunidades han desarrollado por cientos de años actividades que mantienen una relación armónica y reciproca con su medioambiente, y que su identidad como nación, y de hecho su reconocimiento especial y valor como tal, se sustenta justamente en la organización, creencias, costumbres y distintas manifestaciones culturales que nacen de este hecho.

Soy conciente y he sufrido en carne propia lo difícil que se hace hablar de conservación y preservación de la herencia cultural con alguien a quien en la mesa le falta comida para los hijos, o servicios de educación y salud mejores para su comunidad; alguien a quien las circunstancias y la confusión generada por intereses externos no le permiten visualizar “una salida” que no atente contra sí mismo. También soy conciente que por más difícil que sea, en la medida de mis posibilidades, no dejare de hacerlo.
A veces la curiosidad me lleva a preguntarme sobre qué se habrán llevado realmente los estudiantes de toda esta experiencia, aunque finalmente me alegro de desconocerlo, porque confío plenamente en el aprendizaje experiencial, y entiendo que una verdadera experiencia es única justamente por ser intima, personal, solo se puede vivir a través de los propios ojos, sin manipulaciones ni interferencias, solo se puede sentir con la propia piel.
Sé que no se quedaron indiferentes frente a todo lo vivido y solo espero que comprendieran en cierta medida que lo verdaderamente enriquecedor y transformador no es la experiencia en si misma, si no lo que terminas haciendo con ella, siendo tan importantes las acciones a las que finalmente te arrastra, como el hacerte responsable de las mismas.
Sueño con que los Q’eros tengan esa misma libertad para diseñar su propio futuro, para tomar sus propias decisiones y que finalmente terminen haciéndose responsables de las mismas, sean las que estas sean.
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