Sinaí, sí a la libertad, sí a la dignidad.

No han pasado ni dos meses desde que disfrutaba un último atardecer sobre el monte Sinaí desde la cumbre más alta de Egipto, el Jebel Katrina. Y la verdad, a mi mente le parece que hubiese pasado mucho mas tiempo, quizá porque los cambios y acontecimientos se suceden a un ritmo estrepitoso e imprevisible, o tal vez porque ha tomado demasiado tiempo, siglos, décadas para que algunos cambios necesarios comiencen a llevarse a cabo. Espero que algunos de estos cambios como la defensa global de la libertad y la dignidad de toda persona, sea imparable.
Desde lo más alto del monte Katrina contemplaba a un lado el golfo de Aqaba, allí observaba a lo lejos las montañas de Arabia Saudita e intuía en el horizonte donde estaría exactamente la frontera entre Israel y Jordania, al otro lado justo debajo mío distinguía el golfo de Suez con muchos barcos que se preparaban a pasar la noche sobre las tranquilas olas del Mar Rojo. Justo en frente mío, encendido en naranja intenso, el monte Sinaí y todas las montañas rocosas que lo rodean completan el espectáculo; sin duda aquellas son las mejores vistas de esta mítica península incrustada entre África y Asia, un lugar histórico, sagrado, especial para mas de tres mil millones de personas, judíos, musulmanes, cristianos y muchos que se declaran agnosticos o ateos, pero sobre todo Sinaí es un paraje propicio para la contemplación y el silencio que suele preceder a la acción.
Varios días de caminata por los rincones mas remotos de estas montañas me ayudaron a recordar que llevo en mi mochila la creencia de que revalorando y preservando la diversidad natural y cultural de nuestro planeta no solo se consigue algo tan importante como mantener vivas creencias y manifestaciones culturales invalorables. Se consigue sobre todo proteger actitudes y valores en donde habita y late el mejor ejemplo y la mayor garantía para conservar la Naturaleza en general.
Siento que aún no digiero toda la belleza de las montañas del Sinaí, ni los acontecimientos que se están dando en todo el mundo árabe, ni siquiera mis conversaciones con Ahmed, el beduino con quien recorrí los rincones mas lejanos de estas tierras, pero puedo ir adelantándoles algunas impresiones e imágenes de aquel mundo que aparenta lejano pero que esta mas cerca nuestro de lo que imaginamos.
Ahmed es un montañero profesional del Sinaí, vive de eso cuando hay trabajo, cuando el turismo no se espanta por atentados terroristas o ataques de tiburones en el mar rojo, es musulmán y esta muy ilusionado con su novia, lo noto por las ganas que demuestra cada vez que consigue cobertura telefónica en lo mas alto de la montaña, la llama unos minutos y sé que ambos se echan unas risas a la distancia mientras planean la próxima vez que se van a ver, la conoció en la celebración de un matrimonio por la que ella vino a visitar su pueblo, no serán una pareja “arreglada” me dice con ilusión, se enamoraron uno del otro al verse en la fiesta, en sus ojos y en su mundo esto es mucho mas que una verdadera historia de amor. Ahmed es una persona trabajadora con documentación egipcia que cede a mi curiosidad para contarme escenas de discriminación y abuso contra las tribus beduinas de las que él forma parte indivisible, lo cuenta sin que esto le robe su amplia sonrisa, ni sus ganas de cambio, ganas de ser feliz junto a la gente que quiere. Lo cuenta mientras alarga la vida del fuego de la fogata, da otra fumada a su shisha y yo estiro mi té caliente bajo el océano de estrellas de mi última noche sobre el Sinaí.
Tras muchas horas de carretera esquivando las olas del mar rojo volví al Cairo y me fui aquella misma noche de vuelta a Barcelona, marche justo cuando en sus calles la gente comenzaba a preguntarse si las reivindicaciones del pueblo de Tunez tendrían eco en un Egipto aparentemente resignado al abuso de poder y a la muy precaria realidad social y económica que azotaba a la mayoría del país. Era imposible imaginar aquella noche, recién bajado de las montañas, y a punto de montarme a un avión, el alcance de los acontecimientos que siguieron tanto como su repercusión actual en todo el mundo árabe, y son difíciles de imaginar ahora las imprevisibles consecuencias para el mundo entero, incluido un mundo “libre” hambriento de cambios.
Lo que estaba claro a la luz de una fogata en lo mas alto del Sinaí lo estaba en las calles del Cairo, la gente tiene derecho a la libertad, a la dignidad, a oportunidades, a sus creencias, a sus lenguas, a sus tierras, a dar su vida por estas y estaba claro también que a Egipto le urgía un cambio. Como urge un cambio en muchos rincones del planeta, los actuales acontecimientos en el mundo árabe comienzan a tener eco en el resto del planeta porque nuestros sistemas sufren de lo mismo bajo un velo distinto.

Creo que la difusión masiva a través de redes sociales, wikileaks y medios de comunicación convencionales de la profunda corrupción de los sistemas, el abuso de poder, la represión y la violencia de la que somos testigos actualmente en el mundo árabe, como también el poner en evidencia los intereses en juego del llamado mundo “libre” pueden actuar como un espejo revelador en el que toda la humanidad vea el reflejo de su propia locura. Un espejo que finalmente nos de mayor conciencia.
Desde aquí quiero enviar mi mayor reconocimiento y respeto a la gente de Túnez, Egipto, Libia, Bahréin, Yemen, Marruecos, entre otros países, y motivarles a perseverar en el camino que han elegido, quiero aprovechar también para motivar a toda persona que crea que es posible para todo ser humano una vida libre y digna, a hacer todo, todo lo que este en sus manos para que sin violencia así sea.
Apoyo desde este espacio a todas las minorías oprimidas y todas las comunidades nativas e indígenas que no ven reconocidos sus derechos ancestrales, a todos los motivo a que sin violencia sean catalizadores de un cambio global que diga sí a la libertad, que diga sí a la dignidad de todo ser humano.
El respeto a vuestra diversidad e identidad es la única garantía de que se respete la identidad y diversidad de todos.

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