Tenemos encuentros todo el tiempo y a la mayoría le prestamos muy poca o ninguna atención.
A veces entiendo esta distracción aunque no llego a justificarla, no quiero. Como no entender estos despistes si mi mente en ocasiones esta demasiada congestionada como para prestarme atención a mí, para dedicar un instante a observarme a mí, sin asustarse, sin glorificarme, sin juzgarme, a veces ni se entera que estoy allí.

Hoy tras subir a aclimatar por una suave continuidad de pendientes que dejaban muy abajo nuestro campamento de Zanskar Sumdo, nos dedicamos a relajarnos por buen rato sobre enormes rocas que acompañaban las vistas que nos regalaba un día perfecto, el viento refrescaba mientras el sol quemaba todo nuestro entorno sin sombra.
Como lo hice subiendo, al bajar asome nuevamente la mirada a aquella construcción circular de piedras que seguro seria el depósito de alguien que pasa la temporada pasteando a sus rebaños. Echar una mirada, como un abrir y un cerrar de ojos, se me hace sencillo, pero no siempre se hace sencillo prestar atención a quien tengo delante, por lo general suelo hacer mas caso a aquello “que llama mi atención”. Y a menudo descubro tardíamente que no le presto verdadera atención a aquello que realmente sucede o se presenta frente a mí.
Esta vez aquel montón de piedras se veía habitado, había movimiento dentro de aquella construcción que ahora se mostraba como una verdadera casa de temporada rodeada de incontables cabras y vida dentro. En vez de alejarme asome mucho más la mirada, mis ojos hicieron contacto con sus sonrisas y sin dudarlo me invitaron a pasar, y sin dudarlo invite a pasar a mis compañeros de viaje.
Me descalce y entré a ese trocito de tierra desnuda cobijada por enanos muros de roca. Sin demora y sin perder la sonrisa que acompañaba aquella curiosidad mutua, nuestros anfitriones se pusieron a calentar agua para invitarnos un té muy caliente, compartieron con absolutos desconocidos todo lo que tenían mientras se disculpaban, con el poco inglés que uno de ellos hablaba, por solo tener tres vasos, un poco de té y sus sonrisas sueltas.
Yo agradecía con mis escasas palabras en hindi, lo intentaba en nepalí, y muy lejos de realmente comunicarnos en una lengua que entendiésemos todos, nos comunicábamos. Toda mi atención estaba en aquel momento, con aquellas personas, en un trocito de tierra perdida en los Himalayas del norte de India, mi atención estaba conmigo esta vez, mi mente me imagino que estaba lejos, callada. Yo estaba junto a lo que sucedía y no en ninguna otra parte. Reíamos juntos sin conocernos de nada, sin “decir” nada, reíamos por que lo estábamos haciendo, estábamos conociéndonos, vivía un encuentro con Rakesh, Besendas y Parma. Sus nombres no los describen en nada, ni sus orígenes en Himachal Pradesh; y digo que no los describen, porque tanto ellos mismos como sus cabras podrían proceder de cualquier rincón montañoso del planeta, incluso uno mucho más cercano que el lejano Himalaya de Ladakh, y lo digo también porque sus vidas tan lejanas a las nuestras y aquel vaso de té, los describen mucho mas.
Compartimos un buen momento y un vaso de té que quemaba, todo gracias a ellos. Y quizá, gracias a que preste, sin siquiera darme cuenta, una profunda y silenciosa atención, una atención libre. (Ver Video Besendas & Parma)
Al día siguiente subimos nuestro campamento hasta 4600 metros y de allí nos espera el Shingo-La (5100m) nuestro primer paso de altura en este Trek por el remoto Zanskar.